
Una noche de julio próxima, una noche calida y preciosa mientras un sistema electrónico cargado con energía solar trabajaba incansable para ejecutar electrocutando mosquitos y FontAna me cantaba canciones de agua que me impedían escuchar las fuentes mas pequeñas, encontré una sapa o sapo. Nos encontramos, nos miramos, nos reconocimos. Teníamos tiempo y sitio agradable. Charlamos un rato y poco a poco me contó su historia y la historia de sus colegas en su largo viaje hasta el arroyo.
Desde pequeños humedales escondidos en la montaña, en las noches de primavera arrastrándose a través de monocultivos vitícolas, sobre piedras pizarrosas, escondiéndose durante el día para continuar la noche siguiente un largo y azaroso viaje plagado de obstáculos cuya meta final constituye el río en ultimo termino, y por el camino los lagos o arroyos temporales donde poder dejar los huevos que se convertirán en pequeños renacuajos de los que mas adelante saldrán sapos y sapas de provecho cumpliendo su función biológica.
Todos se admiran de las migraciones de golondrinas y otras aves que recorren miles de kilómetros volando para hacer la ruta de África a Europa o viceversa en primavera u otoño. Todos sabemos de la migración de los Ñus en el Parque Nacional Serengeti, en Tanzania, y cómo los cocodrilos los esperan en su paso por el vado del río. Sobre esto se han hecho filmaciones, investigaciones, películas documentales, etc. Yo considero más meritorio el largo viaje de los sapos de secano hasta el agua donde depositar sus huevos, para retornar posteriormente a sus lugares de origen.
Cada vez quedan menos, cada vez el camino es más difícil más trampas, terrenos degradados por el hombre, terrazas agrícolas, herbicidas. Un sinfín de problemas que disuaden a muchos de intentarlo y prefieren que la historia de su especie acabe con ellos.
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